el fuego nuevo | La mesa de la tierra  |9

-la del sacrificador, de la víctima
-la del encantador, de la serpiente
-la de los amantes silenciosos.
Y él la escuchó de nuevo al frotar entre los dedos
esos granos ásperos y suaves de ceniza, de hollín
parecidos a las semillas de un día muerto para siempre
que los hombres llevan en los bolsillos de la ropa
y pierden sin poder recordar quién se las dio.
Porque no hay nadie que pase ante un fuego extinguido
sin repetir ese rito de los viejos orígenes
-de detenerse ahí
-de arrodillarse ahí.
Como ese hombre inmóvil en la penumbra
en trance de escuchar el viento entre los árboles
o de soplar la piedra donde el fuego surgió.

      *

Hermoso como el tigre es el misterio de ser hombre
y mirando el fuego con los ojos que me dio
cuando lo tallé en la piedra donde lo tengo preso
en el instante de saltar sobre otro animal.
Y el tigre vuelve a ser como el primero que vi,
ausente a toda mirada, inencontrable en sí mismo.
Como esta máscara tallada por el fuego en los muros
donde arden sus ojos al fondo de la noche.
Y yo temo mirarlos porque oscurecen los míos
con un velo tan fino, con una lejanía tan grande,
y nunca hubiera llovido, y no existiera ningún árbol,
y nadie apareciera en la faz oscura de la luna.
Porque ha vuelto a ser como la luna redonda
que hace manar el agua y abrirse el sexo de las piedras.
Un tigre cazado por un hombre. Y un hombre meditando en el misterio de estar vivo.