el cazador | El poema negro de Chile  |26



El mar devuelve siempre el madero,
el río, la ropa de los ahogados.
También el cazador devuelve al hombre
envuelto en la red que le tendió.

A la madre que está encendiendo el fuego
le entrega el cuerpo untado de grasa,
le devuelve el plato sucio de lodo
donde comió él mismo con sus bestias.
Y la madre con su olla de agua hervida
va limpiando el rostro para verlo,
limpia al hijo y lava al cazador.

Están desnudos los dos hombres,
el uno de correr, el otro de perseguir.
Y desnudos, ambos parecen hermanos,
cuando fueron antes enemigos.
Los dos están sudorosos, polvorientos,
el uno de caer, el otro de castigar.
Los dos están unidos todavía
por un lazo que no puede cortarse.
Ambos están aún mirándose,
el uno callado, el otro resoplante.
Ambos están unidos por un fiero abrazo,
el uno cayendo, el otro sosteniéndolo.

Sólo la madre puede cortar este cordón
que une al victimario con su víctima.
Sólo ella puede ahuyentar esta desgracia
de dos hombres puestos frente a frente.
Sólo ella puede dar tierra a su hijo
para que pueda galopar el cazador.